Relato: «El ratón de biblioteca»

Hoy quiero compartir un contenido un tanto diferente al que he difundido hasta ahora. Hace casi dos años publicamos una entrada titulada ¿De dónde procede la expresión «Ratón de biblioteca»?, cuyo contenido entremezcla Etimología y Arte. La investigación previa a la elaboración de este post me gustó tanto que me ha inspirado para hacer este breve relato, que gira en torno a todo «ratón de biblioteca».

Cuando el alemán Carl Spitzweg dispuso la tela en el bastidor y comenzó a pintar a aquel ingenuo y distraído señor en su magnífica biblioteca, poco imaginaba que repetiría dos veces más aquella misma pieza. Por nada del mundo intuía que el título que daría a la obra Der Bücherwurm, que literalmente se traduce como “El ratón de biblioteca”, se convertiría en una expresión conocida en todo el mundo, y utilizada para referir a aquellas personas con notable interés por la lectura: Der Bücherwurm, en neerlandés, The Bookworm, en inglés, e incluso A Könyvmoly, en magiar, idioma que hablan ciertos habitantes de Hungría, Rumanía, Serbia, y otros. No obstante, lo que sí que sabía el pintor es que poco tenía ese encorvado señor de “ratón de biblioteca”, y a pesar de disponer de una de las mejores bibliotecas que había visto en toda su vida, adivinaba que los bibliófilos que habían amasado ese paraíso de papel habrían sido antepasados suyos. Alfred era solo el heredero.

Al artista, desde hacía meses le rondaba la idea de pintar una escena introspectiva, sí, tal y como ya había plasmado años atrás con la obra El poeta pobre. Además, y en contraposición a esta última, quería reflejar en ella el ambiente conservador de la época, por eso el escenario idóneo sería uno burgués. Por descontado, necesitaba un protagonista evadido de la realidad para poder plasmar el mencionado escenario meditativo. Tan solo faltaba concretar cuál sería el lugar, ¿un jardín? ¿o mejor un salón? Y fue entonces cuando conoció a Alfred.

No se conocieron como sucede en otros episodios de la época, al menos en aquellos que cuentan autores coetáneos como las hermanas Brönte o incluso Oscar Wilde. Podrían haberlos presentado en una cena de amistades comunes, durante una tertulia o incluso en un café. Pero no fue así.

Alfred fue a pasear como cada tarde con su esposa Isabel. De vuelta a casa, su apreciado pañuelo de seda que le había bordado su difunta tía con sus iniciales, se le cayó, y ya se dio cuenta de ello cuando estaban en casa. Isabel no se alarmó, ya que le ocurría casi todas las semanas, ya fuese con este o cualquier otro objeto.

Algo aletargado, Alfred se dispuso a deshacer el camino que acababa de hacer con su esposa. Estaba tan ensimismado en sus pensamiento que cuando pasó por delante de él un señor de mediana edad no se percató que había un gran charco de agua y que iba a salpicar de barro al otro y a sí mismo. Nada más alejado de la realidad, así sucedió. Y de esta manera Alfred, en su infinita inocencia, invitó al pintor Carl Spitzweg a su casa a tomar café.

Cuando el artista vio la biblioteca que Alfred tenía en la planta baja de su casa, supo que las casualidades de la vida, lo que algunas personas denominan destino, lo habían llevado hacia el que sería el protagonista de su próxima obra y hacia el anhelado escenario.

Frente a la propuesta, Alfred titubeó antes de decir finalmente que sí, porque realmente muy poco sabía él de ese aparatoso lugar de la casa que olía a lignina y madera. Ese espacio lleno de polvo que durante generaciones sus antepasados habían atiborrado de libros para beber del conocimiento que albergaban, pero que a él poco le interesaban.

Lo que nunca supieron aquellos que contemplaron la obra, y que hoy aún observan, es que cuando Carl le pidió a Alfred que se situara al lado de la sección de libros que versaban sobre “Metafísica”, éste ni siquiera sabía que los libros estaban ordenados por secciones. Tampoco llegaron a saber nunca que el libro que el protagonista mantenía delante de su rostro estaba al revés en el momento de posar ante el pintor. La miopía y la falta de interés son una mala combinación. Ni siquiera un espectador a lo largo de los años ha sabido la historia, y la casualidad, que se esconde detrás del pañuelo de Alfred, que Spitzweg no dudó en plasmar en el óleo cayéndole del bolsillo al protagonista, haciendo alusión a cómo se conocieron. Y lo que nunca supo ni siquiera el propio pintor, es que mientras pintaba al viejo Alfred, idóneo en aquel escenario conservador y reflexivo, alguien miraba con envidia la escena. La silenciosa Isabel, la esposa de Alfred, había estado durante años ordenando aquella enorme sala, y lo que es más, leyendo y disfrutando mientras lo hacía, más quizás de lo que el reloj de la vida le permitiría, pero con el silencio que se esperaba por su condición femenina.

A fin de cuentas, Isabel tan solo miraba con el anhelo que tendría ante esta situación cualquier ratón de biblioteca.

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