Reseña de la novela «Todo el tiempo», de Aritz Azkarraga

Booktrailer de la novela «Todo el tiempo», de Aritz Azkarraga. Fuente: universoescrito.com

Esta primera novela de Aritz Azkarraga como su título indica, por supuesto, habla del tiempo, pero del tiempo en toda su multiplicidad de matices. Habla del tiempo de la existencia en la que se unen de manera indisoluble vida y muerte como las dos caras de ella. Habla del tiempo vivido, como el espacio que recorremos mientras vivimos, pero para él se trata de un tiempo pleno. Un tiempo en el que pasado y presente se unen para dar sentido.

En el argumento central de la novela se entrecruzan tres existencias que discurren paralelas, y en el punto de la encrucijada en el que se encuentran se halla retenida, esperándoles, una mujer que ha sido clave en sus respectivas biografías marcando esas tres vidas. Lo paradójico es que esa mujer también representa la triste realidad de la enfermedad del olvido, tan frecuente en nuestro tiempo. Sin embargo, esta enfermedad de desmemoria no ha logrado triunfar en la historia de Aritz Azkarrga. En ella la enfermedad y la muerte saldrán derrotadas porque esas tres vidas rescatan a María, la protagonista desaparecida, y le dan nueva vida, casi la eternizan. No es la vida del recuerdo la que logran rescatar, es mucho más que eso, frente a la ausencia, renace con fuerza una presencia cálida y sosegada, que acompañará una historia de reencuentro y de conocimiento. Una presencia enmarcada por toda la potencia de la naturaleza y sus paisajes, por el silencio y la palabra justa, y por el recrearse en los sentidos olvidados, que como ya nos enseñó Proust, van marcando nuestras biografías, sin darnos cuenta, con una huella precisa y profunda en el discurrir más cotidiano. Es ahí, en la vida cotidiana, donde de verdad se tejen nuestras biografías.

La novela de Aritz Azkarraga consigue también cambiar el ritmo y la cadencia de nuestras propias existencias cuando, atrapados, nos sumergimos en ella. Podría ser leída mientras escuchamos de fondo el ritmo apacible y perfecto de los Nocturnos de Chopin, por ejemplo.

“Todo el tiempo” es una novela preciosista en el cuidado de todos los detalles que componen la vida, pero también es una novela que nos enfrenta, sin violencia alguna, con cuestiones trascendentales de la existencia. Nos hace reflexionar, pero lo hace en medio de ese mundo que crea su autor, más bello, menos loco e intensamente atractivo. Un paraje perfecto para recrearnos en otras formas de vida posibles, más humanas y plenas de sentido.

 

En el siguiente enlace podéis leer la reseña de María del Olmo en la «Revista Café Montaigne» de Todo el tiempo.

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